Sumergido

El viejo nada
con ganas. Hace mucha fuerza.
Lento. Con la cabeza sumergida. Respira, lento.
Piensa en sus cuentos y poemas.
Boca abajo, boca arriba. Muy lento.
Mueve la cadera,
el brazo izquierdo, piensa en la cultura,
apenas mueve las piernas.
Mueve el brazo izquierdo,
la voz es un instante en palabras, en sonidos.
El agua de la pileta está calma, 
las emociones están casi vacías.
En el lugar,
en la superficie, solos: el viejo y yo. ¿El viejo seré yo?
¿Estoy solo conmigo?
¿Qué me digo?
Él, con su templanza y sobriedad
me dice que no me apure.
Me nota ansioso.
Tiene malla azul, antiparras negras,
Su bigote finito y canoso parece que no se moja.
Lo conozco ¿Lo conozco?
¿Me conoce?
De algún lado lo conozco.
Queman sus memorias. Me siento a conversar con él,
quiero decir muchas cosas a la vez,
me voy por las ramas.
Llego al borde de mí mismo, de la pileta,
flota el silencio otra vez, giro en el lugar, juego
con el agua
con los
pies.
Son más de las cinco de la tarde
de un día cualquiera.

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